
Allí, entre cánticos, banderas y una emoción desbordante y tremendamente emotiva, los aficionados dieron rienda suelta a su felicidad. Los aficionados se subieron a Rucio, el entrañable borriquillo de Sancho Panza, símbolo inseparable de tantas celebraciones malagoneras. Y así, la fiesta se prolongó hasta bien entrada la madrugada en un ambiente extraordinario de sentido patrio, convivencia, orgullo y pasión por los colores de España.